Después de varios años, lo encontré. Era la solución a mi problema y por fin estaba frente a mí. “El Genio del Casino” lo llamaban. Esos cuentos acerca de los seres que se hacen llamar genios, los cuales supuestamente cumplen tres deseos si frotas alguna clase de tetera amarilla son solo eso, cuentos. La vida no es tan fácil realmente, para poder ganar algo, tienes que arriesgarte a perder algo. Tienes que apostar.
-Yo soy el Genio del Casino.- dijo él, -Te concederé un deseo, el que sea, solo que tienes que apostar algo. Algo que realmente represente un sacrificio.
-¿Apostar en qué? ¿Que jugaremos?- le pregunté yo. No iba a apostar nada hasta saber que tan probable era que yo ganara.
-Eso tú lo decidirás. Puede ser cualquier juego. Desde los clásicos juegos de cartas, hasta una partida en League of Legends.-
-Entonces quiero jugar a adivinar comida por el olor.- le dije yo. Ya había previsto esta situación y me había preparado para poder distinguir el olor de cualquier comida.
El Genio se quedó pensando por unos momento. Yo estaba nervioso porque creía que habría alguna regla en contra de eso. Empezaba a sudar y mis manos me temblaban, hasta que finalmente habló.
-Ese juego no lo conozco. ¿Estás seguro de que existe?-
-Si, si. Estoy bastante seguro. Se juega en ferias o en… En programas de televisión- respondí rápidamente. Intenté identificar alguna reacción por parte del Genio, pero no mostraba ninguna clase de opinión al respecto.
-Está bien ¿Cúal es tu apuesta?- me preguntó.
-Mis genitales. Si pierdo, puedes quitarmelos.- Era una apuesta arriesgada, más mi deseo valdría el riesgo. Además no había manera de perder, yo estaba seguro de eso.
El Genio cerró los ojos un momento y entonces dejé de ver. Estaba en una oscuridad total. Intenté moverme pero no podía, sin embargo sabía que seguía en el mismo lugar que antes, solo que no podía ver nada.
-Tienes 15 segundos para adivinar,- escuché decir al Genio -solo puedes adivinar una vez y serán tres comidas las que olerás. Falla una vez o deja que el tiempo termine y pierdes. Empieza.-
Recibí un olor bastante común y agradable. Pan recién horneado mezclado con tomate. también pude distinguir algún tipo de carne… Peperoni.
-¡Pizza! ¡Esta es una pizza de peperoni!.- exclamé.
-Muy bien, faltan dos más.- dijo el Genio.
En ese momento el olor cambió. Esta vez era un aroma más puro y por el calor húmedo que rozaba mi nariz supe que era algo cocido. Tardé diez segundos pensando en todas los platillos simples cocidos que conocía, sin especias ni sabor fuerte.
-¡Arroz! ¡Arroz blanco! ¡Eso es lo que estoy oliendo!- grité, emocionado.
-Correcto, ahora solo falta el último platillo y, si aciertas, te concederé tu deseo- declaró el Genio en la misma voz monótona.
Entonces el platillo frente a mí cambió, lo supe por el olor que me llegó. Esta vez pude distinguir pan tostado, el ligero olor a quemado de una rebanada de pan. Estaba a punto de gritar eso, pero fracciones de segundo antes de abrir la boca, me dí cuenta que había un segundo olor. Era lo que estaba sobre el pan, un aroma ligero pero dulce. Conocía ese aroma… Era algún tipo de mermelada, pero la fruta de la que estaba hecha…
-¡Pan con mermelada de frambuesa!- grité con todas mis fuerzas.
¡Lo había logrado! No necesitaba que el Genio me lo dijera. Por fin podía resolver mis problemas.
-Incorrecto. Es pan con jalea de frambuesa.- dijo el Genio y escuche que chasqueó los dedos.
En ese momento, el bulto en mis pantalones desapareció.
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