La no-existencia es
diferente a la ausencia, a la nada, a la muerte.
En un inicio nada
existía. No es que no hubiera nada, sino que la nada nunca existió. Así pues,
no había un vacío, sino un hueco. Y no era ausencia, era la falta de ella.
Nunca hubo un inicio,
pero sí hubo un final; y el final fue el inicio de lo que nunca termina.
La no-existencia se
desenredó a sí misma, y formó un hilo eterno del tamaño de su amplio fin.
El hilo de la
no-existencia se deshiló, hebra por hebra, hasta formar miles de millones de
fibras que se enredaron y deshebraron, convirtiéndose en el hilo de la
existencia en sí.
Del hilo de la
existencia nació la torre que tocaba el cielo, y en su interior, largas fibras
se desanudaron para dar vida a las cuatro hilanderas y los sabios de largas
túnicas.
Los dos grandes
sabios conocían el secreto del silencio, y por ello nunca pronunciaron palabra.
De los hilos de sus inmortales túnicas, hilvanaron el tesoro del tiempo y el
libro del saber, que sostuvieron entre sus manos.
Mas la codicia nubló
los ojos de uno de los sabios, por lo que el otro dios de larga túnica, el gran
sabio, se hilvanó en su propia contraparte; eterno salvador y castigador de
hombres.
Loco en su propia
dualidad, el gran dios ordenó a las cuatro hilanderas que tejieran la
existencia.
Y fue así como ellas
comenzaron a hilar los ríos, las montañas, el cielo, el mar y la tierra. Y
mientras ellas tejían el mundo a través del hilo de la existencia, el gran dios
demente cortó el tesoro del tiempo, liberando el sol, la luna, las estrellas y
los segundos.
Al quedarse vacío el
tesoro del tiempo, el dios de larga túnica vertió sus lágrimas, su voz y una
hebra de existencia, mas nada sucedía.
El gran dios de larga
túnica abrió el libro del saber, y revolviendo una gota de su sangre, creó al
hombre.
Y fue así como los
hilos del dios tejieron nuestro destino.