martes, 25 de marzo de 2014

Los Hilos de Dios

La no-existencia es diferente a la ausencia, a la nada, a la muerte.
En un inicio nada existía. No es que no hubiera nada, sino que la nada nunca existió. Así pues, no había un vacío, sino un hueco. Y no era ausencia, era la falta de ella.
Nunca hubo un inicio, pero sí hubo un final; y el final fue el inicio de lo que nunca termina.

La no-existencia se desenredó a sí misma, y formó un hilo eterno del tamaño de su amplio fin.
El hilo de la no-existencia se deshiló, hebra por hebra, hasta formar miles de millones de fibras que se enredaron y deshebraron, convirtiéndose en el hilo de la existencia en sí.
Del hilo de la existencia nació la torre que tocaba el cielo, y en su interior, largas fibras se desanudaron para dar vida a las cuatro hilanderas y los sabios de largas túnicas.

Los dos grandes sabios conocían el secreto del silencio, y por ello nunca pronunciaron palabra. De los hilos de sus inmortales túnicas, hilvanaron el tesoro del tiempo y el libro del saber, que sostuvieron entre sus manos.

Mas la codicia nubló los ojos de uno de los sabios, por lo que el otro dios de larga túnica, el gran sabio, se hilvanó en su propia contraparte; eterno salvador y castigador de hombres.

Loco en su propia dualidad, el gran dios ordenó a las cuatro hilanderas que tejieran la existencia.
Y fue así como ellas comenzaron a hilar los ríos, las montañas, el cielo, el mar y la tierra. Y mientras ellas tejían el mundo a través del hilo de la existencia, el gran dios demente cortó el tesoro del tiempo, liberando el sol, la luna, las estrellas y los segundos.

Al quedarse vacío el tesoro del tiempo, el dios de larga túnica vertió sus lágrimas, su voz y una hebra de existencia, mas nada sucedía.
El gran dios de larga túnica abrió el libro del saber, y revolviendo una gota de su sangre, creó al hombre.


Y fue así como los hilos del dios tejieron nuestro destino.

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